Escapar del mundo

Por  Dr. Salvador Casado

“Qué paren el mundo que yo me bajo” es una frase afortunada que condensa lo que mucha gente ha pensado alguna vez.

Basta con ver un telediario u ojear un periódico para terminar hastiado de la humanidad. Basta con echar un vistazo a nuestro ambiente laboral, familiar y social para encontrar motivos para escapar lo más lejos posible. En ocasiones, basta con darnos cuenta de la oscuridad de nuestros pensamientos o sentimientos para suplicar una salida.

Pero, ¿es posible escaparse del mundo?, ¿alguien lo ha conseguido? Si miramos la historia, encontraremos sabios, santos y virtuosos que aparentemente lo han logrado. Habitualmente tomando vías alternativas y poco ortodoxas. Algunos se marcharon a vivir al desierto o buscaron la soledad de la montaña, otros se dedicaron a servir a los más pobres o excluidos, hubo alguno que vivió subido a una columna y cuentan que muchos se dejaron quemar o torturar por sus ideas.

Como estos ejemplos suelen quedar lejos de la mayoría de nosotros lo más habitual es buscar un atajo. Los hay en abundancia y casi todos terminan en los mismos barrancos. Drogas, alcohol, juego, sexo, hedonismo, distracciones… Es habitual incluir en nuestra jornada unas horas de “desconexión” mientras vemos nuestra serie favorita en televisión, el correspondiente partido de fútbol o jugamos la partida en la consola o el ordenador. Pasamos horas conectados a Internet, a redes sociales a diferentes páginas. Caminamos por la calle mirando nuestros teléfonos móviles ajenos a farolas y transeúntes. Cualquiera que nos mire puede inferir que el grado de despiste es bastante alto, de alguna manera estamos fuera del mundo pero paradójicamente no en la forma deseada por la mayoría.

La verdadera dificultad parece estribar no en escapar del mundo sino en aprender a estar plenamente en él. Habilidad difícil donde las haya. Lo que a menudo nos resulta casi imposible es llegar a aceptar lo que la vida pone en nuestro presente. De echo la libertad humana reside en la facultad de decidir aceptarlo o no, quedarnos en ese presente o darnos la vuelta, abrir los ojos a lo que tenemos delante o mantenerlos cerrados. La huida del mundo es una huida del presente.

Cuando nos duele “el mundo”, experimentamos zozobra e inquietud de forma semejante a cuando nos duele una idea o un sentimiento. Nuestro instinto nos impulsa a escapar de esa desazón y buscar tranquilidad o un poco de placer. Compartimos ese programa neurológico con las lagartijas, por eso es tan complejo escapar de él. El quid de la cuestión está en cómo reaccionamos en esa tesitura; ¿es posible mantener la postura y no escapar? Los sabios antiguos vuelven a respondernos, ellos ya caminaron esas mismas sendas con idénticas dificultades. Nos dicen que es posible mantenerse en el presente ante situaciones, ideas o sentimientos adversos. Es posible aceptar y permanecer, de hecho, es la manera más idónea, según algunos, para conseguir que dicha desazón desaparezca o se transmute de una manera óptima. No es fácil de creer, el camino propuesto va en dirección contraria a nuestra forma de actuar. Nos pasamos la vida escapando de circunstancias y de nosotros mismos, negando lo que hay, huyendo siempre que podemos.  

Más que parar el mundo, quizá podamos mantenernos a su velocidad, ni más ni menos. Sin tratar de quedar rezagados en el pasado ni propulsados hacia el futuro, tan solo quedándonos aquí, en el presente sea lo que sea que contenga. A muchos les interesa que esto no ocurra. Se venden más productos y servicios a aquellos que tratan de escapar de lo que hay. Cuando uno acepta lo que su presente tiene suele necesitar poco, basta con lo que hay. De cualquier modo me alienta comprobar que a fin de cuentas depende de nosotros.

@doctorcasado

 

 

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